No cabe duda de que Outlast ha sido una de las obras que más han sonado en estos últimos tiempos. Su propuesta distaba mucho de resultar revolucionaria, pero lo que hacía lo hacía efectivo de manera tan redonda que, para los amantes de los juegos de terror como el que esto suscribe, prácticamente alcanzaba la excelencia. Todo hay que decirlo, resultaba algo especialmente llamativo viniendo de una casa que con Outlast ponía sobre la mesa su carta de presentación. El truco estaba en que, entre las filas de Red Barrels, podíamos encontrar desarrolladores con un historial digno de mención, habiendo trabajado en títulos tan importantes como Splinter Cell, Assassin’s Creed o Uncharted. Poca cosa.

Es obvio que detrás de tanta experiencia solo podía salir un ejemplar cuanto menos interesante. Y es que, aunque partíamos del primer lanzamiento de una nuevo estudio de limitados recursos (no existía ninguna poderosa publisher detrás), la sensación que daba Outlast por todos y cada uno de sus poros es la de estar ante un potentísimo “triple A”. Más allá de su notable empaque, Red Barrels conseguía que nos olvidáramos de clásicos modernos como Amnesia o los mil veces clonados Slender, juegos mil veces explotados por la comunidad youtuber que ya comenzaban a oler a vinate barato. Outlast se colocó de sopetón en un privilegiado lugar del terror más extremo, popularizándose más aún cuando, tras su paso por los ordenadores personales, se estrenara hace algo más de tres años en PS4, llegando gratis para los usuarios de PlayStation Plus. Una inteligente maniobra estando por aquellos entonces a la vista una expansión que terminaría de contar la historia narrada en el juego original. Sobra decir que los usuarios acabarían con ganas de más ante uno de los mejores “survival horror” de todos los tiempos, traduciéndose así la futura adquisición de Outlast: Whistleblower en un movimiento poco menos que imprescindible.

Mucho ha llovido desde que comenzara la producción de esta segunda entrega. No han faltado los retrasos y alguna que otra polémica (se habla de un caso de autocensura), pero por fin Outlast 2 está entre nosotros. Para la ocasión el escenario cambia radicalmente con respecto a lo que ya vimos en el viejo Outlast, pasando del siniestro manicomio de la corporación Murkoff a un grotesco poblado situado en el desierto de Arizona; los torturados locos del primer juego ceden el testigo a toda una tropa de rednecks absolutamente sectarios, mientras que que el resto de metodologías lúdicas y narrativas permanecen absolutamente fieles a lo ya conocido. Así que, por resumirlo de alguna manera, Outlast 2 presenta la misma premisa bajo lo que podríamos definir como otro marco de circunstancia, haciendo que sobre el papel parezca que estamos ante dos conceptos bien distintos.

No obstante, esta secuela es capaz de dejar algo frío al fan del título original. Quizás lo más traumático de este esperado lanzamiento es el haber tenido que ir a rebufo del impactante Resident Evil 7, con el cual comparte curiosamente no pocos matices en lo que a la ambientación se refiere. El ambiente rural, personas de rústica apariencia con serias inclinaciones asesinas… incluso el sustentar las mecánicas de juego alrededor de la huida y el sigilo. Claro está que el producto de Capcom es un desarrollo cuyos valores de producción están muy lejos de los que podría atisbar una productora independiente como Red Barrels, pero es que ya a nivel de juego da la sensación de que la propia Capcom ha sabido entender lo que hacía grande a Outlast mejor que sus propios desarrolladores.

Que no se me malinterprete: Outlast 2 es una obra muy notable que bien merece ser vivida de cabo a rabo. Pero sí es cierto que en conjunto es una experiencia menos satisfactoria que la del título original. A pesar de que ciertas áreas den sensación de amplitud, el recorrido del juego es mucho más encorsetado de lo que cabría esperar, haciéndose patente la linealidad del escenario a las primeras de cambio. El primer Outlast jugaba muy bien esta carta, y le venía que ni pintado cierto backtracking que, todo hay que decirlo, estaba fenomenalmente ejecutado. Pero Outlast 2 es muy de avanzar hacia delante, con momentos (como algunos en los que nos arrastramos por el suelo con los enemigos detrás) en los que la libertad de movimientos se anula del todo. Todo esto transforma la “aventura” en una auténtica montaña rusa sin concesión al respiro, pero que justamente por ello relega las concesiones a la jugabilidad a un molesto segundo plano.

A esto hay que añadirle un diseño de escenarios que me ha disgustado, la verdad sea dicha. No hablo en términos de diseño visual, donde Outlast 2 destaca bastante ─los juegos de luces, sombras y partículas son sensacionales─, sino al diseño de gameplay. Dejando de lado la mentada linealidad, esta secuela se torna confusa por momentos, en los que el jugador no sabe qué hacer o a dónde dirigirse justo en los peores momentos, rodeados de enemigos que no dan concesiones. Se transforma en estas ocasiones en un feo ejercicio de ensayo-error que está bastante lejos de ser agradable. No brillan las elecciones inteligentes en Outlast 2 de cara a hacer que como juego sea memorable, y es un factor que languidece no solo al compararlo con los capítulos previos, sino con algunos lanzamientos aparecidos entre entrega y entrega, a la usanza de Alien Isolation, Among the Sleep o, por qué no decirlo, The Evil Within (mencionar de nuevo a Resident Evil 7 no sería justo).

Para colmo de males, Outlast 2 a nivel argumental es excesivamente simple, casi esquemático. Se intuye un trasfondo complejo, pero lo confuso de la puesta en escena diluye cualquier atisbo de sentir que estamos viviendo la historia. Todo queda en un segundo plano, primando únicamente el huir, el sobrevivir. Casi que renegamos de nuestra esposa, o de saber qué demonios está pasando con los psicóticos aldeanos. El final del juego tampoco responde las incógnitas generadas, dejando en el aire toda una serie de cuestiones cuya libre interpretación se me antoja poco menos que molesta. Salvo los últimos compases, poco sabremos más allá de lo que parece ser una sed de sangre enfermiza y virulenta.

Con todo lo dicho, me lo he pasado bien jugado a Outlast 2. La experiencia de supervivencia está genialmente conseguida (a pesar de sus defectos de diseño), y a nivel técnico raya a gran altura, especialmente en lo concerniente al sonido. Por lo demás, nos encontramos con una secuela que no consigue alzarse sobre la creación original, si bien los que anhelaban aventurarse en algo sobre la estela del primer Outlast tendrán aquí una buena ración de lo mismo. Pero pienso que Red Barrels debería liberarse de las ataduras concebidas por el éxito de su ópera prima, en pos de que la evolución no termine tornándose en lo que por desgracia así ha sido: una involución.

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