Heme aquí sentado frente al teclado, pensando en lo absurdo que es el tener que escribir algo sobre The Phantom Pain cuando a buen seguro ya habrás echado tus buenas horas con Snake y compañía. Hablaros de la calidad que atesora el último Metal Gear Solid en los términos que rigen el concepto crítica es a todas luces baladí cuando hablamos de uno de los videojuegos más esperados de todos los tiempos. No obstante, las palabras salen solas con el mero hecho de pensar en la grandeza de una obra terriblemente significativa en demasiados aspectos, con un ingente bagaje positivo y, por contra, un lastre de tristeza ciertamente considerable.

El haber crecido con el estándar MSX en mi habitación convierte en algo sumamente especial el hecho de que salga a la luz un nuevo Metal Gear. Me acuerdo cuando llegó a mis manos el cuarto cartucho de Konami dirigido en exclusiva a los usuarios de MSX2, siendo todavía distribuido por la española Serma. A pesar de su imponente aspecto, me frustraba sobremanera la original propuesta de una Konami que hasta entonces no me había decepcionado nunca; no terminaba de comprender el por qué del sigilo, anhelando abrirme paso disparando a todos los enemigos. Cuando entendí aquello que había planteado el joven Hideo Kojima, aquel “enorme” y extraño juego de 128Kb se convirtió en uno de mis favoritos.

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Han pasado casi treinta años desde entonces, y Metal Gear es a día de hoy un nombre mítico en el sector. Su creador, Hideo Kojima, ha dedicado su vida profesional a una franquicia que por méritos propios ha dado lo mejor de sí en cada una de sus apariciones. Es por ello que resulta tremendamente triste el contemplar con The Phantom Pain el fin de una etapa, con una Konami de la que no tenemos la menor idea del lugar al que se dirige y un Kojima que se baja de la que ha sido su casa durante tres décadas para emprender su particular aventura en solitario. Todo en Metal Gear Solid V huele y sabe a despedida, dejando una sensación de lo más extraña en el cuerpo.

Pero no nos equivoquemos, The Phantom Pain es una fiesta. De hecho, es una fiesta extrema, es la celebración de un “algo” capaz de colmar de ilusión y esperanza a todo aquel que profesa amor por el ocio electrónico y que, por vicisitudes de la industria, es susceptible de perder ese cariño. Más allá de la historia de Solid Snake, Big Boss o el pobre Raiden, cada nuevo Metal Gear Solid contiene en sus entrañas todo lo bueno que se le puede pedir al mejor de los videojuegos. Y en este sentido, Metal Gear Solid V es una auténtica panacea que arregla todos los males del sector mientras esté ejecutándose.

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No serán pocos los que vean en la obra de Kojima flaquezas de peso, siempre recurriéndose a la manida crítica del excesivo metraje de las cinemáticas. Pero extrañamente, esta misma flaqueza se transforma en una dote generosa para los que verdaderamente adoran el concepto Metal Gear Solid, aceptando de buen grado la forma que el genio japonés tiene de cara a narrar sus historias. Curiosamente, The Phantom Pain hace más hincapié que nunca en la jugabilidad pura y dura, mostrándose menos escenas de vídeo que en anteriores entregas. Mucha información se revela a través de las cintas de casete que iremos encontrando en la aventura, dejando así paso a un gran entorno gigante en lo que a posibilidades se refiere.

A lo antes citado, el que el factor lúdico tenga más peso que el lado más narrativo de la franquicia puede hacer pensar que tengamos en el desarrollo una considerable pérdida de épica si comparamos este The Phantom Pain con otras entregas a la usanza de Snake Eater o Guns of the Patriots. Por supuesto que existen situaciones más que capaces de emocionar a propios y extraños; sin ir más lejos, el sufrido prólogo es todo un prodigio cien por cien marca de la casa. Sin embargo, tenemos a un Snake que habla menos que nunca, dejando de ser por momentos el icónico personaje que conocimos en anteriores entregas, algo extraño teniendo en cuenta que, traumas aparte, su carácter estaba de lo más preestablecido. Por su parte, el guión aparenta en un principio resentirse un tanto en base a lo fragmentado de la narrativa, con misiones sueltas que a su vez se reparten en diferentes episodios. Teniendo en cuenta lo dicho y el hecho de que a la metodología de juego tradicional se le une la gestión de la base y sus recursos, es fácil darse cuenta de que este Metal Gear Solid V es una prolongación de las mecánicas del excelente Peace Walker.

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Pero no os dejéis engañar: la historia de esta iteración es genial de principio a fin, y una vez se haga uno con el juego, su trama nos tendrá absolutamente en vilo. De la mano de todo esto van unas misiones principales que son sin duda parte del mejor videojuego de infiltración de todos los tiempos. La cantidad de contenido jugable es brutal, ofreciendo al usuario la posibilidad de encarar los múltiples objetivos secundarios a lo largo de distintas partidas en lo que indiscutiblemente es el control más refinado y perfecto que puedas imaginar. En el caso de que lo realicemos todo, se desbloquearán versiones hardcore de las mismas, con el condicionante de tener que realizarlas sin armas o con ciertos limites impuestos. Para redondear el conjunto, la inteligencia artificial que rige a los enemigos en The Phantom Pain aprenderá de lo que hagamos.

Por poner un par de ejemplo, los soldados comenzarán a salir equipados con cascos si abusamos de los disparos en la cabeza, o harán lo propio vistiéndose con protecciones si tendemos a utilizar los siempre efectivos dardos tranquilizantes. Es por ello que este Metal Gear Solid exige habilidad y creatividad a partes iguales, además de una gestión inteligente de los recursos de nuestra base para tener siempre el material adecuado con el que poder afrontar cada misión. También podremos mandar a nuestros soldados para que destruyan cargamentos de cascos, escudos, linternas… y así desabastecer al enemigo en pos de seguir con nuestra particular dinámica.

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Citando también lo interesante de la incorporación de las distintas modalidades online (necesitan refinamiento, pero no tienen desperdicio), podemos firmar desde ya lo imprescindible de un título apabullante. Konami arropa la última elegía del monstruo Kojima, una obra maestra que va más allá del milagro tecnológico que ofrece el Fox Engine. Sus preciosos gráficos a 1080p, las imperturbables sesenta imágenes por segundo o la grandiosidad de su apartado sonoro no son más que la rotunda carcasa de The Phantom Pain, uno de los mejores juegos de todos los tiempos. Quizás el fan de la serie eche en falta algún que otro detalle de esos que emocionaban en los Metal Gear Solid de antaño, pero en proporción, The Phantom Pain abruma por todo lo que ofrece al lado de la mejor de las entregas.

Lo único triste es el terrible aroma de la despedida, el sabor de un adiós que quedará escrito a fuego en la historia del videojuego moderno. Del mismo modo que esperamos con los brazos abiertos todo lo que llegue de la mano de Hideo Kojima en un futuro próximo, deseamos de todo corazón que la gran Konami recupere la dinámica de sus mejores días sin notar en demasía ese “dolor fantasma” del miembro perdido.

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