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He aquí una de las piezas más codiciadas por esos coleccionistas ávidos de rarezas y títulos imposibles. Y es que Pippols (ピポルス, 1985) es una interesante obra de Konami cuya particular transcendencia es, actualmente, la de ser uno de los cartuchos más difíciles de encontrar de todo el catálogo que la compañía nipona desarrollara para el estándar MSX. Es por ello que está más que valorado en la actualidad, asustando las cifras que se pueden llegar a pagar por este divertido shoot’em up. Porque, antes de siquiera imaginar las vicisitudes de este juego a día de hoy, Pippols ya era un silencioso ejercicio de jugabilidad y buen hacer, tal y como nos tenía acostumbrados la Konami de mediados de los ochenta. Y decimos “silencioso” porque, por extraño que parezca, este lanzamiento pasó de lo más desapercibido de cara al público de esa época. Como ya le pasara a Magical Tree o Mopiranger, escondió su grandeza tras la sombra que desplegaban nombres más populares a la usanza de Road Fighter (conversión de recreativa), Yie Ar Kung-Fu II (secuela de un gran éxito) o la serie deportiva de Konami, por lo que no fueron demasiadas las unidades que salieran de las tiendas para quedarse en las casas de los selectivos usuarios de MSX.

La historia que narra Pippols es la de un muchacho que decide ponerse en busca de la gema sagrada que se oculta en un árbol de pipul ─árbol sagrado para los budistas─ escondido en las profundidades del gran bosque. En su viaje (que, atención, será de ida y vuelta) nos toparemos con todo tipo de seres que tratarán de hacernos la vida imposible, a la par que nuestro destino dependerá igualmente de las elecciones que hagamos de cara a seleccionar el mejor camino posible al término de cada nivel, pudiendo variar con nuestras decisiones la longitud y la dificultad de nuestra travesía. Bajo tan sencillas premisas nos topamos de bruces con un más que atractivo arcade de acción que refleja las mejores dotes de Konami en la norma MSX, casi siempre superando con holgura a las producciones del resto de compañías de software. La mecánica de Pippols estaba a caballo entre los shoot’em up al estilo Knightmare y los juegos de plataformas. Aunque realmente no existe ningún tipo de “plataformeo” literal en el programa, sí que contemplamos a nuestro héroe saltar para cambiar la posición horizontal, teniéndolo que hacer en los huecos que permitía el escenario… y, realmente, aquí tenemos uno de los puntos clave en los que centrar toda nuestra atención, siendo la conjunción entre el decorado y nuestros estratégicos saltos el gran condicionante de la progresiva dificultad del juego.

Mientras el escenario avanza inexorablemente a través de uno de los scrolles verticales más suaves que se han visto en la primera generación de MSX, los monstruos enemigos atacan en oleadas y actuando según sus características. Resulta vital el memorizar los patrones de los bichejos en pos de saber si pueden saltar, si son capaces de atravesar el escenario, si disparan… En los niveles superiores, el furor de la batalla puede llegar a tintes de auténtica locura, mezclándose en pantalla los distintos tipos de enemigos conformando una dificultad de las que hacen época. Para ayudarnos un poco existen determinados ítems, pero por encima de todo lo que prima es la habilidad pura y dura.

Como en toda criatura de la vieja Konami, el nivel de dificultad está medido hasta la médula, ofreciendo una empinada curva que resultaba ser a todas luces idónea para los más capaces del lugar. Al estilo del mejor de los arcades, Pippols todavía puede seguir presumiendo de ser un reto considerable… ¡pero perfectamente acabable! En su singular y equilibradísimo funcionamiento, otear tal compensación de la jugabilidad era algo a lo que muy pocos desarrolladores podían atisbar, dando lugar a un pensamiento que se me generaba cuando era mozuelo al paladear cualquiera de los títulos de la compañía nipona: “estos de Konami deben programar vestidos de laboratorio”. No en vano, tanto su metodología lúdica como su capacidad de diversión no han caducado un ápice con el paso de los años.

Sus simpáticos gráficos y una banda sonora tan pegadiza como bien compuesta redondean una de las obras más encantadoras y escondidas de la Konami de los ochenta, y tan digna o más aún que cualquiera de sus hits. A modo de curiosidad, decir que Pippols también se incluyó en los recopilatorios Konami Antiques MSX Collection lanzados para PlayStation y Saturn en 1998, sin duda ejemplares más asequibles que un Pippols completo para MSX, que bien puede rondar los 400€ en Ebay. ¡Quién lo iba a adivinar por aquellos entonces…!

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