Estamos en un mundillo en el que, lejos de reconocerse lo indispensable de que existan figuras como la de Fumito Ueda, cierto sector supuestamente “informativo” (me da la risa incluso al entrecomillarlo) tiende a calentar al usuario de cara a que a una obra como The Last Guardian se la espere con el cuchillo en la boca. Es lamentable que existan voceros en los que la falacia se normaliza y se entremezcla con muy mala baba con lo que bien podría denominarse como una incitación al odio. Talentos a la usanza de Mark Cerny, Hideo Kojima o el propio Ueda se convierten en una absurda diana en la que estos sujetos ─y sus particulares palmeros, todo hay que decirlo─ vuelquen en ellos todo tipo de insultos y calumnias difíciles de asumir por cualquiera con un par de neuronas más o menos funcionales; y que, sin embargo, repercuten más que negativamente en lo que debería ser un entorno tan sano y enriquecedor como lo que es el ocio electrónico en su más pura esencia.

Es lógico que cuando una obra como The Last Guardian llega a tus manos a sabiendas de los problemas que ha tenido en su desarrollo, las susceptibilidades están a flor de piel. Y es que lo fácil es pensar que nos vamos a topar de bruces con una producción inusual, con la gran y flotante duda de si será para bien o para mal. No obstante, ya sabemos cómo se las gasta el Japan Studio bajo la batuta de Ueda, con Ico y Shadow of the Colossus abanderando lo que sin duda son auténticos iconos de la era moderna del videojuego. Incunables como pocos a los que cualquier “defecto” visible pasa a ser totalmente secundario al contemplar con suma objetividad la grandeza de un conjunto absolutamente impagable. Un buen ejemplo de ello es la irregular tasa de imágenes que gastaba Shadow of the Colossus, que por mostrar lo imposible en PlayStation 2 hacía que el rendimiento no fuera especialmente fluido. Los tirones eran palpables, pero… ¿importaba? En absoluto. Shadow of the Colossus no era menos obra maestra por ello.

The Last Guardian te podrá gustar más o menos, pero es imposible poder negarle su grandeza. Estamos ante un trabajo tan apasionante como impresionante, donde hasta sus matices más minimalistas se atreven a proyectar una gigantesca sombra en pos de un maravilloso concepto. Y es que, como antaño, Ueda y su gente componen una narración de esas que te llegan al alma; una historia en la que, nuevamente, una joven alma empatiza con una entidad que rezuma pureza e inocencia, llevándolos a unos extremos en los que el bien y el mal se queda en un extraño y secundario plano. El objetivo es incierto, pero lo intuimos al introducírsenos a base de sentimientos, de alegría, de dolor. La esponja emocional al final somos nosotros, los jugadores, que nos empapamos de un compendio que deja de ser un videojuego para trascender a algo mucho más elevado que no entiende de resoluciones, frames o problemáticos desarrollos.

Por mucho que los odiadores de siempre despotriquen con argumentos tan poco consistentes como “gráficos de PS3”, “texturas de hace dos generaciones” y demás sandeces soltadas con las maneras propias de los cretinos, The Last Guardian hace alarde de instantes absolutamente impresionantes a nivel tecnológico. Sabedor de cómo es eso de desarrollar un videojuego, contemplar los impagables detalles del bestial Trico y sus reacciones le deja a uno absorto, sabedor de la pesadilla que ha tenido que significar todo esto en lo que a trabajo se refiere. Pocas veces verás corriendo en una videoconsola un ser tan vivo como Trico, capaz de reaccionar como si de un verdadero animal se tratara. Y todo ello sorteando con sorprendente habilidad los innumerables bugs que podría suscitar tal comportamiento, siendo a buen seguro esta finalidad la que más quebraderos de cabeza (y particulares años de retraso) habrá significado para el Japan Studio.

The Last Guardian es muy, pero que muy similar a Ico. También tiene claras reminiscencias a Shadow of the Colossus, algo que captaréis de inmediato cuando os subáis por primera vez al lomo de Trico. Y aun así, logra asumir una identidad propia en sus primerísimos compases, claramente abanderada por la interacción entre el niño protagonista y la criatura. De hecho, una gran parte de la jugabilidad está basada en el gigantesco y maravilloso monstruo y la manera en la que lo “manejemos” para solventar los distintos enigmas que propone el escenario. Cabe decir que nuestro salvaje compañero de aventuras tiene su independencia, por lo que tardará en obedecer y en ocasiones responderá con cierta espontaneidad. Esto, lejos de ser un fallo, es un factor que debemos tener muy en cuenta para afrontar según qué situación, lográndose con muchísimo mérito. Puede que resulte frustrante al principio, pero a mi parecer todo esto lo hace mucho más apasionante y divertido.

Por lo demás, Fumito Ueda deja su firma en los detalles, innumerables y repletos de buen gusto. Ya solo la cadena que sostiene a Trico cuando nos lo encontramos está bastante lejos de lo que podríamos asumir que movería la ya vieja PlayStation 3, así como el impresionante plumaje de la bestia. Pero son más cosas las que define al denominado Team Ico en su buen hacer, y que va más allá de los números, de la tremenda iluminación ─fantástica de veras─ o las geniales animaciones. The Last Guardian y sus saltos, sus “plataformas”, los salvajes y enigmáticos escenarios, el misterio que rodea todo este universo… Todo este sensacional conglomerado se traduce en una aventura bastante larga ─quince horas disfrutándola al máximo y parándote en los detalles─ que deja huella más allá de frames erráticos (algo corregido en PS4 Pro) o una cámara más dura de lo debido.

Al final, The Last Guardian es la esencia de lo arriesgado, de lo mágico. De aquello que difícilmente se puede encontrar en el catálogo de una consola por más que hurgues. Aún recuerdo lo mucho que me sorprendió cuando Fumito Ueda dijo que una de sus máximas influencias residía en aquel Another World de Eric Chahi, clásico que todavía hoy guarda intactas todas y cada una de sus virtudes. La obra del Team Ico apela a todos los sinceros desvelos de aquel trabajo, aquella soledad que tan bien le sientan a todas estas obras que anhelan el rotundo abrazo del usuario. A tan grandes títulos le sobran y mucho los imbéciles que lanzan sus dardos con el único fin de atisbar su propia gloria. Al fin y al cabo, The Last Guardian, al contrario que todos ellos, es un trabajo a todas luces memorable.

2 COMENTARIOS

  1. Una obra maestra. Aparte de los problemas de control y de cámara, este título me ha tocado el corazón. Hay momentos tan mágicos, el trato con Trico, las miradas…Y un final que no puedo dejar de pensar en él. Maravilloso.

  2. Siempre que tengo ocasión lo digo. Para un servidor, The Last Guardian ha sido la mayor decepción de 2016.
    Es imposible negarle a este título los grandes aciertos que atesora en sus líneas de código, pero la mayor de sus virtudes es, al menos en mi caso, el mayor de sus defectos, y por consiguiente, el lastre que para mi hizo el viaje del niño y Trico una oportunidad perdida.
    Cuando la mayor baza que el señor Fumito y su equipo emplean en este título, es el vínculo entre los personajes y el jugador, el riesgo de que una IA tan brutal arruine la experiencia es muy alto y eso, para mi desgracia, es lo que me pasó.
    Un gran juego, magistralmente ejecutado en algunos de sus apartados (el perro pollo es impresionante, increíble, impensable… vamos, que hay que jugarlo), en otros no tantos, que quiso y no pudo ser. Eso si, no perdamos de vista que cada jugador es un mundo y cada experiencia única, así que ahí queda eso.

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