Cuando hablamos de aquello del ocio electrónico, hay cosas que aún a día de hoy me cuesta comprender. Y es que, por muchos años que lleve uno en este sector, no dejo de sorprenderme cuando veo casos como el de este Days Gone. No por la obra en sí ─que en el mejor de los sentidos también─, sino por lo que es capaz de suscitar en matices que, siendo claros, tienen muy poco que ver con lo que ofrece como juego. Y le ha tocado a la obra más mediática de Bend Studio el estar en el punto de mira de los “virtuosos”, de los que opinan (por decir algo) convenientemente solo en base a su particular agenda. Y así, Days Gone, un magnífico ejercicio que tiene detrás de su concepción a decenas, decenas y decenas de talentosas personas, se somete al dedo acusador de personajes que ni en sus más locos sueños podrían atisbar el poder trabajar en algo tan grande.

Es una tendencia sumamente nociva para la industria el que una inversión tan desmesurada como la de un videojuego a la usanza de Days Gone ─y cuando digo inversión no solo me refiero al factor económico─ pueda peligrar su viabilidad por lo que pueda decir un fulano con séquito. Si al influencer de turno no le ha gustado el juego por intragables sandeces como, qué se yo, el hecho de que el protagonista pueda soltar una frase que le escandalice (ay, los copitos de nieve), es bastante probable que algún que otro seguidor pierda mágicamente su interés por el producto en cuestión. Y si este “influencer” es un influencer de influencers, es más que susceptible que estos otros megáfonos humanos sigan sembrando la misma opinión cual borrego descerebrado, sesgando el trabajo ajeno con una basura que con la que quizás ni siquiera comulguen.

Es la toxicidad de hoy, proveniente de oscuros y deshonestos individuos que anteponen la glorificación de su palabra antes que el respeto hacia profesionales de infinito talento que, todo hay que decirlo, trabajan de verdad. Y es el tipo de toxicidad capaz de hacer que un gran videojuego como Days Gone se termine percibiendo por demasiada gente como una producción menor o, peor aún, a evitar. Y nada más lejos de la realidad, puesto que estamos ante un auténtico triple A que no solo es obvio en lo que a valores de producción se refiere, sino que evidencia a poco que se lo permitas el hecho de ser un juegazo como la copa de un pino, una exclusiva experiencia de esas que merecen la pena de principio a fin.

Habiendo sacado ya la basura, toca sentarse en la mesa y hablar de lo que de verdad importa. Al fin y al cabo, no debe ser baladí el hecho de que Days Gone me ha tenido enganchado en estos últimos días incontables horas. Había oído por ahí que el juego se iba desinflando como a poco, haciendo que el usuario perdiera interés en base a lo que parecía un chicle estirado al máximo en la reiteración de mecánicas. Pues en absoluto, lo que quiero es más; no dejo de pensar en sentarme delante de la consola y recorrer de nuevo los hermosos parajes de Oregón, deleitándome son la sensacional representación del escenario y viviendo a tope las emociones del marco de circunstancia sobre el que nos coloca el veterano Bend Studio.

Conociendo el perfil de las pocas ─pero ilustres─ personas que leen mis textos y los de mis metodológicos compañeros, diré que es una pena el que estas palabras más que probablemente no terminen llegando más allá de la gente cabal que nos sigue. Me consuela el saber que al menos habrá quién ponga interés en estas palabras y pondere la posibilidad de contemplar como posible opción de compra un Days Gone que, de verdad, se lo merece todo. Y es que, claro que sí, posee sus fallas, pero en conjunto estamos ante un demoledor sandbox que hace magníficamente bien lo que hace.

Por supuesto que está lejos de plasmar en la pantalla la constante grandeza de un Red Dead Redemption 2… Pero ojo, que van a tener que pasar muchos años para que haga acto de aparición un juego que pueda atisbar de cerca los desmesurados niveles de la obra maestra de Rockstar. El usuario tampoco se va a topar de bruces con una especie de respuesta a The Last of Us, por mucho que el distópico marco de circunstancia y los siempre recurridos infectados sean puntos en común. Days Gone es, efectivamente, un sandbox puro y duro, una aventura de mundo abierto en la que no faltarán los múltiples encargos y objetivos paralelos a la campaña principal; con multitud de elementos a recolectar, el pertinente árbol de habilidades, sucesos más o menos aleatorios que nos asaltarán durante nuestros paseos en moto…

¡Ah, la moto! Se ha dicho por ahí que el manejo del principal vehículo de Deacon (nuestro protagonista) es malo. También he oído cosas semejantes al respecto del gunplay. De lo primero, diré que la conducción al principio es algo dura, otorgando una buena sensación en lo que a reflejar el manejo de una gran moto se refiere. Pero demonios, al poco no solo se torna en algo realmente intuitivo, sino que se viviremos con placer el ir de aquí para allá manillar en mano, con esas curvas tan cerradas, derrapando, bordeando sinuosos acantilados… En serio, es una puñetera gozada manejar la moto de Days Gone. Y, por otra parte, tenemos lo del gunplay. Y diré que no está mal, sobre todo cuando conseguimos la “concentración” (algo que por suerte aparece pronto) y que, cámara lenta mediante, hace que volarle los sesos a un zángano sea un rotundo gustazo.

En lo que a la historia se refiere, quizás Deacon St. John no sea el mejor protagonista del mundo. Es un motero cazador de recompensas, que no duda en matar a todo pajarraco malencarado por el que le paguen… Pero que está interpretado de manera que parece un tanto bobalicón, siempre titubeando al hablar, tímido con propios y extraños en un sentido más cercano al de la comedia ligera que el que tendría que poseer un épico drama. Y ojo, no es cosa de Claudio Serrano, que hace un sensacional trabajo con su doblaje. La cosa va por otros derroteros, como por ejemplo su interacción con el resto de personajes, que sacará a más de uno de quicio porque tiende a dar constantemente la sensación de ser un individuo vulnerable, más atolondrado que otra cosa. Yo, personalmente, no he conseguido tener demasiada empatía por él.

Lo cual no quiere decir que no me interese su historia. Sus motivaciones, su preocupación por sus seres queridos, la manera en la que aborda ciertos problemas… Todo eso está bien llevado; quizás algo trillado, eso sí… Pero lo mejor es que sus tramas encierran un factor lúdico sobresaliente. Al fin y al cabo es lo que importa, y en conjunto, las piezas que componen el motor por el que se mueve Days Gone dan como resultado un juego al que no cuesta echarle horas y horas. Porque es divertido a rabiar, gozándose el exterminar nidos de engendros, planear cómo salir airosos de una horda, limpiar una zona de asaltadores asesinos o, simplemente, conducir en moto de un punto a otro del extenso mapeado. Además, los mil y un detalles de calidad que se recogen en la impresionantemente orgánica naturaleza de este Oregón virtual elevan la calidad visual de este título a los altísimos estándares a los que nos tiene malacostumbrados Sony. Es ver la iluminación, las texturas que gasta el suelo o la manera en la que el escenario se ve afectado por los fenómenos atmosféricos (como cuando llueve o, más aún, cuando nieva) para llevarnos las manos a la cabeza intentando asumir que todo esto lo está moviendo una PlayStation 4.

En definitiva, Days Gone es una experiencia que se me antoja como poco menos que imprescindible. Lo que ofrece en su género es de lo más emocionante, con bastante tensión e ingentes borbotones de entretenimiento… si bien el sandbox en sí puede no ser plato del gusto de todos. Lo mejor es que intentes experimentar por ti mismo el punto al que Days Gone puede calarte, sin tener que aceptar las bocachancladas de aquellos que no tienen reparos en ganar «likes» para sí mismos a costa de arrastrar por el fango el trabajo de otros. A esos, ni agua… pero Days Gone se merece, como poco, el beneficio de la duda. Yo, si digo que me ha encantado, me quedo corto.

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